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Las fiestas de fuego

s. XIX d. C. - s. XXI d. C.
Se puede decir que sin fuego no hay fiesta. En forma de candelas, hachas, antorchas, hogueras o artificios pirotécnicos, es un componente indispensable en la mayor parte de las celebraciones.

Por Navidad, el fuego era protagonista en el hogar. El 'tió' deriva del tronco que en las noches largas y frías del solsticio de invierno quemaba en la chimenea, aportando el calor y la luz necesarios para hacer vida su alrededor. En la calle, en poblaciones como Bagà o Sant Joan de Cerdanyola, se hacen 'faies' y, por Reyes, los niños de muchos pueblos salían a esperarlos con antorchas hechas con manojos de espliego -como hoy en la Riera de Gaià- o con farolillos, como aún se hace en poblaciones de Osona, el Bages o el Vallès.

La fiesta de San Antonio de enero también se caracteriza en gran parte del territorio catalán por el encendido de hogueras: como centro de la actividad festiva en la plaza de la villa o bien en cruces de calles o plazas, como los 'foguerons' mallorquines o las hogueras de pueblos de la Ribera d'Ebre, la Terra Alta y el País Valenciano. A su alrededor se reúne la comunidad, desfilan los animales, se baila y se come. En La Granadella, en Les Garrigues, quema durante toda la noche al lado de la ermita del santo.

Otras hogueras de grandes dimensiones, conocidas como 'barraques', se asocian a las representaciones teatrales de calle de la vida del santo: los demonios intentan quemarlo sin conseguirlo y el personaje se queda durante unos minutos bajo el fuego de la 'barraca'.

El encendido de hogueras invernales, hechas de troncos y ramaje cortado unas semanas antes por los jóvenes del pueblo, había constituido un ritual de renovación, que tenía que propiciar el paso del invierno a la primavera, y de purificación. Numerosas culturas conocen y utilizan el ritual de hacer pasar los animales de trabajo o los rebaños entre fuegos para protegerlos. Muchas otras fiestas de invierno utilizan las hogueras como punto de reunión. Por ejemplo las hogueras en las ermitas, las que centraban las danzas de 'corrandes' de las jóvenes o las que acompañaban el baile de la plaza en las fiestas mayores de invierno de las comarcas del Priorato en el Ebro.

Se hacen hogueras por San Pablo, San Sebastián, San Blas o Santa Águeda y en otras celebraciones hasta que, al final del carnaval, la quema del Carnaval señala el fin del periodo y purifica la comunidad de los pecados y excesos cometidos durante aquellas festividades. Este mismo sentido lo comparten las hogueras de final de invierno, cuando se quema la representación satirizada del mal común, en las fallas valencianas por San José.

El fuego de las hachas que acompaña a las procesiones de Semana Santa tiene un carácter penitencial y, al mismo tiempo, funcional. En cambio, el fuego en la liturgia de Pascua -la ceremonia del fuego nuevo- es un símbolo de renovación de la vida.

De nuevo, el carácter de renovación -en la entrada del verano, época de abundancia en una economía rural- y de purificación está presente en las hogueras de San Juan. Se creía que alejaban los malos espíritus o las brujas y, con ellas, la posibilidad de una tormenta que pudiera afectar la obtención de una buena cosecha. Danzar en torno a la hoguera y, sobre todo, saltarla eran formas de evitar malas influencias, a la vez que una prueba de valentía. A las cenizas de los fuegos de esa noche se les atribuyen igualmente virtudes curativas.

Las normativas actuales, mucho más estrictas que en el pasado, no impiden que la tradición de hogueras se mantenga muy viva, aunque su construcción cada vez más deja de ser una actividad familiar o de grupo y se convierte en un acto organizado por asociaciones o ayuntamientos. La expresión más institucionalizada de esta práctica la constituye la tradición de los Fuegos de San Juan -nacida en 1955 y organizada por 'Tradicions i Costums', de Òmnium Cultural-, que se prenden a partir de la llama que se enciende la noche del 22 de junio en la cima del Canigó y que se distribuye al día siguiente desde Perpiñán a todas las tierras de habla catalana.

La noche de San Juan se caracteriza también por el uso masivo de cohetes y petardos, sobre todo tirados por los más jóvenes. En diferentes pueblos del Pirineo hay tradiciones de fuego como las fallas o antorchas llevadas encendidas al cuello, hechas con troncos partidos o con teas de pino atadas alrededor de una rama de fresno o de avellano.

En otoño, Todos los Santos había sido una fiesta de carácter familiar donde abundaban las ofrendas de luz a los difuntos en forma de candelas en iglesias y cementerios, pero también, en las casas, ante la fotografía de un familiar desaparecido.

Existen muchas otras formas de presencia del fuego en las fiestas. Algunas son al mismo tiempo funcionales y simbólicas, como las luminarias, que eran necesarias para poder salir a la calle en las horas de oscuridad y al mismo tiempo eran una señal de fiesta, ya que el prendimiento de tederos o parrillas, por sí solo, creaba el espacio festivo. Todavía hoy, superada su necesidad funcional, se encienden tederos, o 'festers', como los llaman en Mallorca y en diversas poblaciones de la geografía catalana.

Los artificios pirotécnicos son parte indispensable de muchas fiestas. El estallido de la pólvora -cohetes, tracas, morteros o salvas de armas de fuego- anuncia la fiesta o destaca un momento especial. En Solsona y en otras poblaciones, los 'trabucaires' 'galegen', es decir, hacen gala disparando tiros. En otros -les Borges del Camp, Manresa, Riudecanyes, Solsona y, sobre todo, Reus- se producen tronadas con el antiguo sistema de disponer los truenos sobre un río de pólvora que quema en el suelo. En Reus se han conservado los 'mascles', piezas de hierro llenas de pólvora y arena preparadas artesanalmente.

En la actualidad, el 'correfoc' -un nombre que aparece en la fiesta barcelonesa de 'la Mercè' hacia 1980- se ha convertido en uno de los rasgos más característicos de las fiestas mayores catalanas. Los grupos de diablos y bestias de fuego desfilan entre el público que los rodea y corre por delante o salta bajo las chispas.

En el origen del vasto patrimonio de grupos de fuego actuales está el baile de diablos, una manifestación festiva parateatral muy común entre los siglos XVIII y la segunda mitad del XX en el Penedès y el Garraf, el Camp de Tarragona, la Conca de Barberà y el Priorato. Es la escenificación de la lucha entre el bien y el mal. San Miguel y los ángeles se enfrentan a los diablos capitaneados por Lucifer y la diablesa. Las primeras noticias documentales de representaciones que se podrían relacionar con el actual baile de diablos son las descripciones de las solemnidades urbanas del fin de la Edad Media en ciudades como Barcelona, Cervera o Tarragona. Los 'salts de Maces' y los 'Plens' de la Patum de Berga serían un ejemplo diferente de estas representaciones parateatrales del diablo, derrotado por las fuerzas celestiales.

Entre los bailes de diablos históricos se puede mencionar el de L'Arboç -creador de la 'carretillada', la representación del infierno al acabar el baile hablado-, los de Sant Quintí de Mediona, Vilanova i la Geltrú, Vilafranca del Penedès, Sitges, El Vendrell, Torredembarra o Tarragona. Los actores de este baile, que llevan una indumentaria adecuada, caminan o saltan bajo el fuego de las 'carretilles', unos artificios pirotécnicos consistentes en un cohete que se coloca en un clavo largo en el extremo de un bastón u horca y que, una vez encendidos, al girar, producen el efecto de un paraguas de fuego.

En las comarcas del Baix Camp y el Priorato, en la primera mitad del siglo XIX se perdió la representación del baile hablado. Aquí, cada diablo lleva su propia pirotecnia -un rasgo que ha desaparecido en los grupos de nueva creación- y los vestidos, a diferencia de los del Penedès, que son pintados, llevan motivos decorativos de ropa, recortados y cosidos en la base. No hay personajes definidos en el grupo y, hasta tiempos recientes, no se acompañaban de tambores. Les Borges del Camp, Falset, Reus o Alforja son ejemplos de poblaciones donde se mantiene este modelo.

La práctica totalidad de 'colles' aparecidas por todo el Principado en el último cuarto de siglo adoptan el modelo de 'colla' con personajes y se centran sobre todo en el espectáculo de fuego. Pero muchas han recreado el baile hablado. En el norte del País Valenciano y el Matarranya, aparecen 'colles' de diablos a partir de otra importante tradición de teatro popular, la representación de la vida de San Antonio Abad. Aparte de la tradicional celebración de la 'santantonada', los personajes infernales derivan en 'colles' que, de forma parecida a las 'colles' del Principado, hacen 'correfocs' y actuaciones fuera de la población.

El fuego está también presente en el bestiario festivo catalán. Dragones y 'víbries' -dragón al que se atribuyen actualmente rasgos femeninos-, mulas salvajes -no únicamente las mulas de Berga habían sido animales de fuego- y otros monstruos acaban, como los diablos, bajo la espada de San Miguel. A caballo entre el simbolismo de las fuerzas naturales -animal de tierra que vive en el inframundo, que vuela por el aire y sale del agua, que tira fuego- y la identificación con el mal cristiano, el dragón es la naturaleza descontrolada, el peligro. El héroe, el caballero o el santo se encargan de poner orden y controlar este poder desatado.

La historia documentada de estas manifestaciones festivas arranca, igual que en los diablos, de las procesiones del Corpus medieval urbano, aunque esta celebración recoge, cristianizándolas, tradiciones anteriores. El más antiguo de Cataluña es el de Vilafranca del Penedès, todavía en activo, y otros dragones históricos son los de Olot, Banyeres, Vilanova o Sitges. También hay bueyes de fuego, como representación del animal entero o como artilugio móvil asociado a la bestia, transposición al mundo de la imaginería de los toros embolados. Y hay que tener en cuenta que en los últimos años el mundo del bestiario ha experimentado un crecimiento notable, paralelo al de los otros grupos de fuego con una notable diversidad de animales de nueva creación -saltamontes, lagartos, pollos, machos cabríos.- muchas veces vinculados a leyendas locales.

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